Los aprendizajes esenciales

Por si prefieres escuchar este post en lugar de leerlo

¡Novedad!

Querido lector, futuro navegante:

Quizá te haya sorprendido ver que, a partir de este post, voy a incluir un audio con la lectura del post. He querido, con ello, facilitar el acceso al contenido de los posts, para el que prefiera ponérselo mientras va en el coche o corriendo

Lo leo yo mismo, de modo que me pondréis también voz. Espero que os resulte agradable.

Vamos allá con el resto del post.

¿Tienes tú el control?

En esta semana estoy siendo consciente, quizá más que nunca en mi vida, de lo rápido que pasa el tiempo. Cuando ves que una persona que has visto crecer, de pronto, abandona el nido y echa a volar por sí sola, te das cuenta, bastante de golpe, de cómo la vida se te escapa entre las manos.

Y lo mismo me ocurre en este blog. Con este post completamos cinco vueltas al mundo. Ya hace bastante más de un año que intento aportarte, querido lector, lo que he podido aprender y reflexionar por mí mismo a través de mi propio viaje.

Y casi no me he dado cuenta de todo ello. Porque lo peor del tiempo es la facilidad con que pasa sin que nos percatemos, dejando una sensación de falta de control sobre él.

Lo mismo ocurre, en general, con todo en la vida y, especialmente, en los tiempos que corren. Estamos sometidos a tal cantidad de influencias, de impactos en nuestro día a día que lo más sencillo es dejarnos llevar. Ponernos al pairo. Ceder el timón a otros.

Porque tomar el control implica asumir responsabilidades. Y eso, asusta. Nos enfrenta a nuestras debilidades. Activa todos nuestros mecanismos de supervivencia, porque lo percibimos como un peligro.

En cambio, confiar en otros reduce esa sensación de peligro y, por ello, consume mucha menos energía.

Pero con esa cesión estamos poniendo nuestra vida, nuestros esfuerzos, nuestro precioso tiempo, a disposición de aquellos en que confiamos.

¿Son más dignos de confianza que nosotros mismos? ¿Te llena luchar por sus objetivos o por sus valores? ¿Va a hacer tu vida mejor regalar a esos otros tu esfuerzo?

Si estas preguntas te llenan de dudas o de cierta sensación desagradable de estar despilfarrando tu vida, tengo dos noticias para ti: una buena y una mala.

La mala es que, si no haces algo para remediarlo, dentro de unos años te estarás lamentando de ello y ya no tendrá remedio.

La buena es que sigues vivo. El modo ameba no se ha apoderado del todo de ti. Y que, si sigues vivo, está en tu mano tomar acción, buscar los medios para revertir la situación.

Saber qué estás descartando y por qué

Esto de tomar el control, visto desde lejos, puede resultar abrumador.

¿Qué tenemos que hacer? ¿Cómo abordar esta labor?

Sin embargo, la vida me ha demostrado que ese cambio, prácticamente, se reduce a algo muy simple: saber decir que no.

Porque, como ya hemos comentado, decir que sí a algo supone renunciar a otra cosa, dado que nuestros recursos son finitos. Y, al revés, cuando decimos que no estamos generando espacio para otras cosas. Nuestras cosas.

Por eso es tan importante pararnos a pensar antes de aceptar algo. Es muy fácil caer en la complacencia: no te digo que no porque no quiero quedar mal contigo. O porque quiero sentirme parte de mi tribu.

O porque, al decir que sí, puede ser que reciba ese chute de dopamina de lo novedoso. Esa gratificación instantánea que tanto nos gusta y que, en muchas ocasiones, nos genera dependencias de cosas tan absurdas como pueden ser los últimos tweets, las últimas historias de Instagram o el último vídeo de YouTube.

O porque, diciendo que sí, le estamos demostrando al mundo lo ocupados que estamos. Lo productivos que somos, la cantidad de cosas que somos capaces de hacer.

Aunque, en realidad, no lo seamos o ello implique arrinconar cosas realmente esenciales para nosotros, en nuestro progreso hacia nuestros objetivos.

Por tanto, un simple no es un arma poderosísima de enfoque y de demostración de tu decisión para con tus objetivos, tanto contigo mismo como con la gente con la que interactúas.

Y lo bueno que tiene es que podemos crear un hábito en torno a ella. Podemos empezar diciendo que no a pequeñas cosas y, cuando veamos que el mundo no se nos viene encima, ir haciendo crecer la importancia de los temas a los que nos negamos.

Al construir ese hábito, construimos el control, además, sobre nuestra actividad.

No es tan difícil, ¿verdad?

Si no te conoces, ¿qué pretendes hacer?

Al final, si te das cuenta, esto de decir que sí o que no es, fundamentalmente, una cuestión de gestionar tus emociones.

Pero gestionar algo que desconoces es realmente complicado. Necesitamos ser capaces de describir las emociones que nos mueven, que nos llevan a momentos de descontrol para poder tomar acción sobre ellas.

Entonces, ¿me tengo que poner a hacer inventario de mis emociones? ¿Me tengo que parar a hacer eso?

Parar. Palabra maldita pero que, cuando hablamos de reflexionar, viene a la cabeza inmediatamente y sin remedio. En el mundo de la rapidez, de la productividad, los momentos de introspección, de soledad con nuestra mente y nuestras ideas resultan, al menos, raros.

Cuando no, directamente, mal vistos.

Pero es imposible cambiar de forma automática. Es necesario, primero, tomar conciencia de la situación, lo cual necesita, irremediablemente, dedicarle tiempo y hacerlo de manera continuada.

La meditación, precisamente, es una buena forma de entrar en contacto con nuestra realidad para poder analizarla y mejorarla. Porque uno de los principales problemas de nuestro día a día es no ser capaces de comprender lo que ocurre, sino, dejándonos llevar por la inercia, simplemente movernos… hacia ninguna parte.

La meditación es ese momento de parada y de salir de los que nos rodea, quedándonos solo con nosotros mismos.

La meditación, realizada de forma consistente, nos permite romper esa inercia y entender todo nuestro complejo mundo interior, abriendo las puertas a tomar un nuevo rumbo.

Otro hábito al que dedicar ratos diarios de forma continuada, incansable.

Y es el hábito que nos va a dar la pausa necesaria.

Controlando la urgencia fácil

Ya sabes que soy bastante obseso de la eficiencia. Llevo más de veinte años intentando mejorar procesos de todo tipo.

Pero a veces me da por pensar si, en ocasiones, nos pasamos con esto de la productividad.

Porque, a veces, queremos hacer más rápidos procesos que exigen un tiempo si queremos que tengan un resultado de la calidad necesaria.

Como un buen guiso.

Y ese afán por la rapidez introduce sesgos bastante nefastos a la hora de valorar la importancia de un tema. Porque tendemos a igualar lo urgente con lo importante, lo que nos hace, por completo, perder el verdadero sentido de nuestra actividad.

Lo más fácil es que las urgencias nos vengan de fuera. Nuestra propia naturaleza tiende a reducir nuestras exigencias en este sentido, por pura supervivencia y ahorro de energía.

Por tanto, si dejamos que las urgencias marquen nuestras prioridades, nos ponemos en manos de los demás.

De ahí que sea tan necesaria la pausa para entender que, por una parte, no todo es urgente. Y, por otra, que lo urgente no tiene por qué ser importante, lo que nos lleva, de nuevo, a nuestro hábito de decir no.

No a las urgencias. No a las inmediateces.

Sí a las prioridades, que establecen, realmente, lo que es valioso e importante para avanzar hacia nuestros objetivos.

Piensa en cómo encaja todo: pausa, reflexión, nuestros compromisos, nuestras prioridades. Al final, se trata de construir un conjunto en que las piezas funcionen armónicamente.

Conectando contigo mismo

En general, si te das cuenta, todo lo que propongo se basa en intentar alcanzar una estructura ordenada y coherente entre las diferentes capacidades que creo que te pueden ayudar a llevar a plenitud tu vida profesional.

Y esa estructura tiene que alcanzar, por supuesto, a tu gestión personal del conocimiento. De hecho, es uno de los ámbitos en que esta estructura es especialmente importante.

Piensa que la información que consumimos no se puede considerar constituida por elementos aislados. Piensa que todo lo que añadas a tu sistema de gestión debe estar relacionado, como ya comentamos, con tus intereses y las exigencias de tu vida profesional.

Y ésta no es algo fragmentado, sino es un conjunto de competencias que, para que funcionen adecuadamente, deben hacerlo de manera coordinada. Al menos, debes ser capaz de tener un nivel razonable de capacidad en todas las áreas porque, de lo contrario, ese desequilibrio acabaría impidiéndote avanzar.

Por eso, resulta esencial conectar todos esos elementos, estableciendo caminos que te permitan desarrollar tus competencias, por una parte, y crear valor haciendo uso de tu propia creatividad y la fuerza de tus propias conclusiones.

Las conexiones te dan la posibilidad de explorar el conocimiento adquirido como un todo, unido a tu propia capacidad cognitiva. Te permiten recorrer, de algún modo, los caminos que llevaron a generar ese conocimiento pero, a la vez, te lleva a tus propios destinos.

Por eso es tan importante que tengas claro cuáles son los orígenes (la información y conocimiento previo que consumas) y que tengas claras cuáles son las líneas de conexión, es decir, la forma en que tienes estructurado tu PKM.

Esa estructura canaliza, además, provechosamente tu curiosidad. Ese elemento tan importante en tu vida y que te va a ayudar a aprender tanto.

Construyendo curiosidad

La curiosidad es una fuerza que ha tenido una importancia crucial en el desarrollo de la humanidad. Al fin y al cabo, todos los descubrimientos de un tipo u otro se han llevado a cabo movidos por la inquietud de saber más y de comprender de las personas que los lograron.

Y ninguno de ellos consideró, en ningún momento, que ya lo supieran todo. Consideró que siempre quedaban cosas por aprender, que siempre se podía llegar más allá.

No perder esa curiosidad a lo largo de toda la vida es lo que te va a permitir seguir creciendo, no importa cuál sea tu edad actual.

Esa curiosidad constituye la base de lo que yo llamo humildad constructiva: estar siempre dispuestos a poner en cuestión nuestro nivel de conocimiento actual, nuestras ideas, nuestra forma de pensar para dar un paso más hacia lo que sería la Verdad, con mayúscula.

Pero esa sensación de que nunca sabemos suficiente tiene una cara oscura: tener la impresión de que, por el mismo motivo, nunca somos suficientemente buenos. De que nuestras capacidades nunca son suficientemente valiosas.

Es la humildad destructiva que debemos aprender a gobernar, porque se encuentra muy vinculada a nuestras emociones y a nuestra mente reptiliana.

Piensa que la curiosidad nos lleva a alguno nuevo. Algo diferente. Algo fuera de lo habitual.

Algo que, a decir de esa parte de nuestra mente, puede ser peligroso.

La humildad destructiva, por tanto, se presenta como una forma de autodefensa. De aquí que pueda llegar a ser, combinada con otros valores y otras creencias, una emoción tan poderosa.

Pero, a la vez, tan bloqueante y paralizante para cualquiera.

Una nueva dinámica

La curiosidad es otra de las fuerzas que más nos pueden ayudar en el desarrollo de nuestra capacidad como problem solvers.

Es la capacidad que nos va a hacer no dejarnos llevar por suposiciones ni ideas preconcebidas. Y la que nos va a permitir, en problemas complejos, identificar formas diferentes de abordarlos.

Pero antes de empezar nuevos caminos, debemos conocer bien todos los que se siguieron previamente, aunque fuera sin éxito. Porque esa humildad constructiva que debemos labrar nos va a permitir reconocer y honrar el esfuerzo puesto en marcha para esos intentos fallidos.

Y precisamente ese reconocimiento es el que puede cambiar una dinámica de conflicto, que bloquea el proceso de resolución, en una dinámica de aprendizaje, que no solo permite continuar ese proceso, sino que lo enriquece.

Más aún, enriquece a toda la organización, porque elimina esa mentalidad tan perniciosa y tan arraigada en nuestra sociedad de que fallar es igual a fracasar.

Y solo es así si no somos capaces de aprender de nuestro error. Lo cual, si somos suficientemente curiosos y, por ello, suficientemente humildes, no es posible.

De nuevo, las piezas encajan.

Haciéndolo todo más fácil

Si te das cuenta, hemos dedicado esta vuelta al mundo a explorar diversos sistemas, diversas estructuras de pensamiento que nos permitan ir tomando el mando sobre nuestra vida.

Estructuras que nos permitan ganar control sobre nuestras emociones, sobre nuestro cerebro de chimpancé, para ser capaces de avanzar hacia nuestras metas profesionales.

Un avance que, como hablamos, sabemos positivamente que se va a ver salpicado de tropiezos, de pasos atrás, de frenazos. Y que, gracias a esas estructuras, a esos sistemas de trabajo, no se va a detener.

Es lo que me fascina más de los sistemas: se pueden incorporar en nuestras vidas y generar hábitos, nuestros amigos, de modo que se hagan más fuertes y nos permitan avanzar con más seguridad, a la vez que los mejoramos constantemente.

Piensa en alguno de tus hábitos. Piensa en que los repites de forma natural. Piensa en que, poco a poco, gracias a nuestro venerado interés compuesto, nos pueden llevar realmente lejos.

Por ello, todo el esfuerzo que pongas en tus sistemas de trabajo y en convertirlos en habituales te va a proporcionar dos enormes ventajas:

  • Lo primero, que te va a hacer resiliente a los tropiezos y obstáculos que encuentres en tu camino.

  • Lo segundo, que te va a permitir avanzar de manera continuada, progresiva, pero imparable.

Cada pequeño avance, además, va a hacer más sólida tu determinación. Te va a apartar de todos tus viejos fantasmas.

¿Te das cuenta de hasta dónde puedes llegar?

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